Coge un sueño,
Échalo al cesto,
Por falso,
Por cierto
Deseo provocado
Como el ánimo
de tus risas
que giran
y giran
por pura prisa,
Como la blusa
que cae
noche
tras
noche
Y,
Que después,
Resulta
El final
De una cena.
Dime mi nombre;
Adivina eres
O para ti,
Todos
Se llaman igual,
Porque así aprendí
Prestidigitación
Y con las manos
Sé si me aman
Como
Por tus labios,
Que nunca hablan.
Los dados son:
Un juego de azar;
Número par,
somos impar;
tú y yo lanzamos
A la serpiente,
Sube las escaleras,
Sueltas la mano,
Me dejas.
Me dejas allí:
Un juego de mesa,
Lo buscas aburrida.
Lo encuentras por el azar,
Sí, te gusta el azar,
tirar los dados y
Sacar un número par.
El sonido de las letras, juntas, en consonancia, forma una armonía; consta de nosotros para oír su música tras las palabras.
domingo, 14 de junio de 2009
viernes, 5 de junio de 2009
Amante de verano.
Sus manos caminan de piel en piel
Percibiendo calor,
Abandonando humedad,
Rompiendo el cristal,
El de la castidad;
Tersas, sin vestigio del suceso cruel,
Sus manos caminan sujetando los pies.
Persiguen olor, el dulce aroma miel.
Se figuran cientos de palabras por pronunciar
Todas y ninguna de ellas se alquilan
Mientras el dinero se use para comprar
Mientras comprar sea solo por necesidad.
Y, de piel en piel, llegado el amanecer
Soy sorprendido robando tus alhajas,
Imitación del oro verdadero
Dislumbrando a tu alrededor,
Pero la culpa es siempre legítima.
Percibiendo calor,
Abandonando humedad,
Rompiendo el cristal,
El de la castidad;
Tersas, sin vestigio del suceso cruel,
Sus manos caminan sujetando los pies.
Persiguen olor, el dulce aroma miel.
Se figuran cientos de palabras por pronunciar
Todas y ninguna de ellas se alquilan
Mientras el dinero se use para comprar
Mientras comprar sea solo por necesidad.
Y, de piel en piel, llegado el amanecer
Soy sorprendido robando tus alhajas,
Imitación del oro verdadero
Dislumbrando a tu alrededor,
Pero la culpa es siempre legítima.
martes, 2 de junio de 2009
Al final de la zeta.
Me preguntaban por el Zócalo, en ese momento otras personas gritaban "sácalo" al poco tiempo después agregaban "sécalo" , no sabía del Zócalo, ni de lo que iban a sacar como secar. Pero fue suficiente para darme cuenta que la realidad era ambigua. La casa de color azul ya se confundía con el cielo nítido, entonces ignoraba la dificultad de llegar al cielo como a la casa azul. Los arbustos verdes estaban plasmados por la naturaleza, que a su vez cuando quise cojer un fruto noté
que era un mural y, los frutos también tenían el mismo sabor. Los turistas, en poco tiempo olvidados, muy pronto recordados, fumaban ahora un cigarrillo, preguntaban por el Zócalo, y seguían fumando. De pronto civilizaciones extintas saltaban de nuevo
a la vida. Me pareció ver algunos Etruscos y sus viejas costumbres labrando vasijas, elaborando armas, hablando en teoría. Y era como es. El tiempo no había pasado, o ahora dependía de mí. Los cretenses desaparecían para darle vida a Guaycuras que buscaban, cazaban, recolectaban, guardaban alimento, sustento como un respiro.
Es impreciso dar detalles de cuanto veía, abordaban las más extravagantes situaciones en un saludo, en una mirada al viento que chocaba con otra mirada, la misma que se fusionaba para mezclarse con otras, la ceguera de los turistas, la realidad imperante poco a poco era conquistada por fantasías, la gente que antes era gobernada por tiranos se curaba con licor al tiempo que conmiseraba su vida entera,
como el opio, su planta favorita, proyectaban lúcidos sueños, desvanecía la tez, invisibles porque no los vi, a ellos preguntando por el Zócalo, al espacio ocupando lugar.
Del otro extremo, rostros de cartón, reciclados, y disponibles para reciclarlos otra vez, cuantas veces sea necesario, hundirse en un pantano para aparecer en altamar y arrivar a la luna, viajar al sol para traer calor, sumergirse en una nube y beber su agua para ahogarse en la lluvia, reencarnar en un mineral, volver al mar, sal.
Ellos seguían allí, soportando la parsimonia del semáforo que indiscretamente seguía en rojo, indudablemente no había verde, otro cigarrillo, el humo se disuelve en sus rostros apresurados, ansiosos de un color, optaron por amar el rojo, pero este a su vez se acabo, la sangre empezó a correr, la vida en diminuendo, no soportaron más tiempo para volver a amar el deseo de un color, de un verde, adelante, entonces amaron por siempre el rojo, detenidos en la esquina, frente a mí, fumando un cigarrillo, esperaban de nuevo con el ojo saciar la ansiedad, con el tacto cumplir la promesa, el Zócalo frente a ellos, mi navaja en su vientre consumó la devoción de sus deseos.
que era un mural y, los frutos también tenían el mismo sabor. Los turistas, en poco tiempo olvidados, muy pronto recordados, fumaban ahora un cigarrillo, preguntaban por el Zócalo, y seguían fumando. De pronto civilizaciones extintas saltaban de nuevo
a la vida. Me pareció ver algunos Etruscos y sus viejas costumbres labrando vasijas, elaborando armas, hablando en teoría. Y era como es. El tiempo no había pasado, o ahora dependía de mí. Los cretenses desaparecían para darle vida a Guaycuras que buscaban, cazaban, recolectaban, guardaban alimento, sustento como un respiro.
Es impreciso dar detalles de cuanto veía, abordaban las más extravagantes situaciones en un saludo, en una mirada al viento que chocaba con otra mirada, la misma que se fusionaba para mezclarse con otras, la ceguera de los turistas, la realidad imperante poco a poco era conquistada por fantasías, la gente que antes era gobernada por tiranos se curaba con licor al tiempo que conmiseraba su vida entera,
como el opio, su planta favorita, proyectaban lúcidos sueños, desvanecía la tez, invisibles porque no los vi, a ellos preguntando por el Zócalo, al espacio ocupando lugar.
Del otro extremo, rostros de cartón, reciclados, y disponibles para reciclarlos otra vez, cuantas veces sea necesario, hundirse en un pantano para aparecer en altamar y arrivar a la luna, viajar al sol para traer calor, sumergirse en una nube y beber su agua para ahogarse en la lluvia, reencarnar en un mineral, volver al mar, sal.
Ellos seguían allí, soportando la parsimonia del semáforo que indiscretamente seguía en rojo, indudablemente no había verde, otro cigarrillo, el humo se disuelve en sus rostros apresurados, ansiosos de un color, optaron por amar el rojo, pero este a su vez se acabo, la sangre empezó a correr, la vida en diminuendo, no soportaron más tiempo para volver a amar el deseo de un color, de un verde, adelante, entonces amaron por siempre el rojo, detenidos en la esquina, frente a mí, fumando un cigarrillo, esperaban de nuevo con el ojo saciar la ansiedad, con el tacto cumplir la promesa, el Zócalo frente a ellos, mi navaja en su vientre consumó la devoción de sus deseos.
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